lunes, 30 de mayo de 2011

Libros favoritos de hoy...

Estos libros cambiaron mi manera de pensar. Quiero compartirlos...


Primero, leer "La enfermedad como camino" (Dhalke; Dethlefsen): lejos de ser un libro de autoayuda, como se lo califica en todas las librerías, es una obra para aquel que se atreva a cambiar su manera de ver el mundo. Basta del pensamiento polar: nos da las claves para pensar de manera integral (yin-yang). Después de la jugosa introducción, cada capítulo vale la pena para releer cuando nos enfermamos. 




Después, arrancar con "Vida y destino humano" (Dethlefsen), un viaje inteligente hacia el esoterismo. Vale la pena insistir con su lectura si al principio cuesta (a mí me tomó varios años y muchas chances bien otorgadas). ¿El resultado? La mejor lectura de mi vida. Un concierto a la verdad, expresado con todos los acordes ocultos. Dethlefsen, un verdadero maestro.  

Missin'you slowly...

...Missing you deeply. Una vez compartimos la luna de Ilhabela, cuando llegues, saludala de mi parte.

En 1740

El pez en el agua y el agua en el pez. Así en el cielo como en la tierra. En el día de Wesak, en el día en el que los grandes maestros se reúnen en el Himalaya con nosotros, los humanos, entré en un profundo sueño. Recostada en mi bosque de hiedras profundas, con una varilla entre mis dientes, miré al cielo y me detuve en la luz. Los rayos se filtraban entre las ramas verdes y hacía brillar mis pecas. Yo estaba despreocupado. Sí, entonces era un varón, tenía doce años y era asombrosamente libre. Respiraba con cada centímetro de mi piel y mi mente estaba en blanco. Era como flotar. 
Entonces, en el día de Wesak, una voz me hizo llegar a unos escalones de piedra, luego atravesé una puerta amplia e ingresé en el salón de los mil espejos. Allí elegí uno, particularmente gracioso. En él me veía como me encontraba en ese sueño: un varón de doce años, descalzo, con las ropas sucias. Me sentía cómodo en ese estado. Mi lado conciente añoraba esa manera de ser despojada. Me culpaba pensando que ahora era tan distinta, ¿cómo podía haber cambiado tanto? Enseguida comprendí que uno es todos, y no un personaje aislado.
Era 1740. Estaba en un pueblo al norte de Francia, o al oeste de Alemania. Había muchas calles de tierra, muchas carretas al paso. Yo era un gran viajante, buscaba algo. Algo que recién comprendí el día de mi muerte, sobre un lecho de paja. Antes había sido abandonado por mi madre, pobre e incapaz de criarme. En el orfanato no sufrí como el resto, pues como dije antes, yo estaba despojado. En mi mente fresca solo había un pensamiento: salir a buscar, viajar. En mi decisión permití que vinieras, que escaparas conmigo. Eras mucho más chico que yo, pero te atraía mi manera de ser, querías seguirme, me viste como la salvación ante tanto maltrato. Yo te quería más que al resto, pero no pude rescatarte. Tu miedo te traicionó, o no: tu camino era distinto al mío. En ese sueño nos encontramos y en esta vida nos reconocimos. Ya podemos escapar juntos, viajar juntos y empezar nuestra aventura. 

jueves, 10 de febrero de 2011

Regreso a casa

Sí, hace mucho tiempo que lo dejé al azar. Un azar algo caprichoso que no me dio la más remota gana de ponerme a publicar algo, tan público. No sé si fue por aquella razón excepcional de tener demasiado tiempo libre, o el hecho de que por tanto espacio uno se llena de responsabilidades variadas y sin querer se mantiene más ocupado de lo normal.
Durante ese tiempo el sueño fue un gran aliado. Dormí como un crío en etapa de crecimiento. Sin crecer. La piel amanecía estirada de tanto descanso. Eso que en aquel momento hacía con culpa hoy lo veo como una bendición.
Cuando retomé la asquerosa situación de trabajar en una gran empresa con altos porcentajes de poder crecer en el futuro, también volví a la lectura de los clásicos. Arranqué con la Ilíada, la terminé al poco tiempo, y allí me detuve. Con una nueva idea para lanzarme a mi escritura, mi pensamiento e imaginación vagaron de la mano. Dante apareció a mitad de camino con su Infierno, tomado de la Ilíada. El camino del héroe se mezcló con el camino de un niño retobado en su búsqueda inconsciente y tiernamente ingenua hacia la verdadera felicidad.
Entonces aparecieron las palabras mágicas: “Yo encontré una puertita”, cuando hablábamos de sus nueve meses dentro de la panza de su mamá. Una puertita para iniciar el camino, un arco por donde pasar, atravesar las sombras ajenas y propias, con el objetivo de, algún día, llegar al horizonte del Edén.
¿Pero dónde se halla ese paraíso eterno de pura espuma y oleaje suave? Cada vez más convencida estoy de que está aquí. En las intermitencias de nuestra alma, que a veces se enciende y otras caduca ante al mal humor, la injusticia, el dolor y el desarraigo.
“He sido fuerte”, me dije anoche desués de llorar durante más de un día por su ausencia, por su cara triste y enojada, por el desgarro de verme partir y dejarlo allí.