"Luna llena en Aries"
El lunes pasado, en mi clase de Astrología, aprendimos el paradigma de los polos “Capricornio/Cáncer”, más puntualmente ahondamos sobre “Saturno/Luna”, los “planetas” regentes de estos dos signos. Y todo giraba en mi cabeza y en mi corazón, tratando de entender con la mente y con el alma lo que eso significaba en mi vida. Estructura externa, estructura interna. Frío, calor. Dureza, blandura. No hay lo uno sin lo otro. Y uno siempre es una parte, y proyecta la otra. A veces juega un rol, a veces el otro; pero siempre quedamos polarizados en alguno de los dos lados.
Expliqué mi punto de vista al profesor, diciendo que en la realidad esta dupla estaba desequilibrada, porque en esta sociedad y cultura patriarcales, Saturno –Capricornio, el padre– es el fuerte, el que se hace más presente, el que “aprueba” o “desaprueba” sobre la Luna, sin considerarla, sin enaltecerla, sin comprenderla. Y que incluso la Luna, por más “blanda” que sea, sino se “saturniza” está frita, porque si quiere ser parte de esta cultura, si quiere ser aceptada, tiene que sacarse su traje de agua y ponerse detrás de una pared dura y alta.
Si una mujer llora, si una mujer pide, si un chico quiere teta, si una mamá da teta, si un bebé llora, si la sensibilidad y el agua se escapan por algún lugar… ¿Qué pasa? En el contexto en el que me muevo, veo a la mayoría parado sobre la vereda de Saturno, queriéndole escapar al calor Lunar, como si fuera un lugar infantil, mal visto, desvalorado. En el mundo donde me muevo la gente está congelada, la gente pone toda su energía en “hacerlascosasbien” sin dejarle lugar a lo que el alma tiene para decir, para pedir, para enseñar.
Y ahí se pierde el vínculo.
Saturno está tan concentrado en no salir de la estructura, en no abrirle un poquito, solo un poquito, la puerta al dolor, al amor, a la ternura.
La Luna está tan disfrazada en parecer Saturno para no ser juzgada, para no sentir dolor, no correr el riesgo de no recibir amor… Que no hay lugar para el vínculo, ese punto donde Saturno y Luna se miran a los ojos y se abrazan, se tocan, se huelen. Donde la Luna, se deshace en un río caliente de ternura para derretir al Saturno de acero. No hay lugar para sentir.
Pienso que hoy, en la sociedad en la que vivimos, derretirnos por un tiempo no estaría mal. Como en Ensayo para la ceguera, si nos volviéramos tan solo un poco ciegos a tanta estructura de deber ser y corrección, y nos soltáramos al encanto de la blandura y del contacto, podríamos encontrar una manera distinta de ser… Tal vez estaríamos más tristes, pero en esa tristeza, más encontrados con nosotros mismos, con nuestras necesidades, con nuestra esencia, y con la del otro.
Entonces recién en ese momento, saldría a la luz el verdadero vínculo, el verdadero amor, la verdadera identidad. Es verdad que no hay Luna sin Saturno, pero también es cierto que no hay Saturno sin Luna. ¿Y dónde está la Luna?
Goya.
La soledad de Saturno,
el detenimiento de Saturno,
la determinación de Saturno,
la eternidad de Saturno.
La sabiduría de Saturno,
el compás de Saturno,
la música de Saturno,
la eternidad de Saturno.
Los anillos de Saturno,
la mesura de Saturno,
el antídoto de Saturno,
la eternidad de Saturno.
La soledad de Saturno.
La eternidad de Saturno.
La quietud de Saturno.
La soledad de Saturno.
La eternidad de Saturno.
La tristeza de Saturno.
Anyuland y Mrs Chipot se cansaron de todo, y vendieron su ropa de lujo (y algunos libros y alhajas) para comprar unos pasajes a Cuba. Hasta allá se iban para vivir en la playa, fumando habanos y respirando el aire de la peculiar libertad de ese país. Porque presas se sentían en su gris buenosaires, de trabajo intenso y días cortos para el disfrute. Mrs Chipot tomó a Mr Chipot de su barriga y lo metió en su jaula que tanto detesta: “Esta vez es distinto, nos vamos a divertir, te lo juro por mi vida Mr Chipot”. Anyuland hizo lo mismo, y llevó a Tushpa metido en su cartera, sabiendo que por los rayos infrarrojos del aeropuerto pasaría como un simple peluche… y lo consiguió. El optimismo cubano las había contagiado, y llevaban una estampita de san Che en sus billeteras.
Instaladas en Cuba, a unos metros de la playa, se propusieron un pacto secreto: no llorar nunca más, al menos que fuera por emoción. Si tenían que prostituirse para pagar sus habanos y la comida de Mr Chipot y Tushpa eso no importaba. Serían felices para siempre. Bailando y fumando bajo el calor de la alegría infinita. Y si en algún momento se cansaban definitivamente de lavarse el pelo con jabón en barra, si extrañaban hasta más no poder las comodidades del capitalismo, se irían en una lancha, con sus novios peludos, hasta Miami, a trabajar de empleadas domésticas para algún nuevorrico gruñón. Aventura era la palabra favorita de Anyuland. Libertad era la de Mrs Chipot. Nada ni nadie iba a detenerlas.
Y salieron un viernes de la oficina para no volver nunca más, sin decirle ni avisarle nada a nadie. Total, ¿quién las iba a buscar? Ya nadie las necesitaba.
Eran libres y aventureras. Al fin respiraban de verdad.
Tiny Dancer llevame de tu mano al paraíso de los encantos, al lago de la eternidad, al mundo de Peter Pan.
Tiny Dancer, ¿por qué te fuiste sin llevarme? Ahora tengo que aprender de tu ausencia.
Cuando empacaste no te diste cuenta, y te metiste las ramas de mi nido caliente. Y ahora se me pudren las alas.
Caigo al vacío y me estrello contra el frío de tu partida. Porque no sé cómo volar sin que me tomes de tu mano de uñas tiernas.
Tiny Dancer, dejame imaginar que estás volviendo a buscarme para llevarme a tu aventura.
Tiny Dancer otra vez me dejaste. Y ya no sé cómo seguir... Siempre fuiste mi hada invisible, mi guía irónicamente sabia.
Ahora necesito tiempo para esperar... A que me empiece a picar la espalda, a que salgan plumas negras y garras ásperas. Para buscar yo las ramas. Para construir mi nido. Para poder estar lejos del tuyo.